Deliciosa, chispeante y perspicaz primicia

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) estrenó su «dramma giocoso», llamado también «La Escuela de los Amantes» en el año 1790 en Viena, por lo que pertenece a la serie de sus últimas composiciones.

El libreto pertenece a Lorenzo da Ponte, autor también del texto del «Don Giovanni» y de «Las Bodas de Fígaro». Este «Cosi» demoró casi un siglo en arribar a su actual éxito. Después de su estreno, el público rechazó su libreto que consideraba un atentado contra los principios morales de la burguesía. Recién a fines del Siglo XIX, los directores Gustav Mahler, Richard Strauss, Clemens Krauss y Karl Böhm la incluyeron en su repertorio.

Es admirable lo que Miryam Singer y Eduardo Browne pudieron realizar en esta presentación. En primer lugar, lograron reducirla ingeniosamente, de una duración original de tres horas, a esta versión que podríamos titular una «opera de cámara». Aquí todo nos pareció absolutamente loable.

Los cortes en la partitura, concentrados en lo esencial de la historia, son tan perfectos en sus enlaces, que sólo con partitura en mano habríamos podido constatarlos. Miryam además tuvo a su cargo la régie, la escenografía, el vestuario, el video e iluminación. Es admirable la imaginación que ella despliega en todos estos elementos. También el vestuario es fascinante, en estilo y colorido.

La dirección musical de Eduardo Browne, con una orquesta reducida a sólo 10 músicos, logró un resultado óptimo. Al principio notamos pasajeros desajustes con los cantantes, posiblemente debidos a la nerviosidad de ellos en el estreno. Empero, esto fue pronto ampliamente superado, entregando un desarrollo orquestal sin tacha.

La escenografía fue sumamente novedosa. Con proyecciones sobre una pantalla curva, en las que, correspondientes a la trama, aparecían escenas inspiradas en pinturas impresionista – van Gogh y Cézanne – y otras de la chilena Martita Salinas. Estos decorados que, entreabriéndose, permiten salir de allí a los personajes, fueron una sorprendente ocurrencia. Hubo un sinnúmero de escenas conmovedoras, algunas en semipenumbra. También se observaron novedosos detalles que demuestran lo intemporal de la historia, introduciendo particularidades de nuestro Siglo XXI en el  siglo XVIII.

La régie (Miryam Singer), ajustadísima al argumento y su texto, es realmente entusiasmante. Son tanto las actitudes y gestos, casi siempre llenos de humor y jocosos, pero siempre ajenos a lo vulgar, que producen una constante hilaridad en el público. El cúmulo de ideas de la régie de Miryam es inagotable. No hay duda que este tipo de presentación operática contribuirá a acercar este género musical al grueso público, género que hasta ahora ha contado con audiencia limitada.

El elenco se compone de seis excelentes cantantes. Junto a ellos interactúan tres relevantes actores (personajes de negro), como tramoyistas, actuando discreta- y acertadamente. Al final participan inclusive en el canto. Son Vicente Almuna, Pedro González, y Juan Ignacio Viveros.

Paulina González, soprano chilena como Fiordiligi, evidenció su talento y técnica vocal y una facilidad de actuación asombrosa. Ya habíamos gozado de esto en su «Romeo y Julieta», y esta vez además demostró ser convincente como comediante. En su canto fueron bellísimos sus pianos y agudos. Sus agilidades vocales y sus dos grandes y difíciles arias fueron dignas de elogio.

Otros cantantes eran Andrea Aguilar, soprano chilena, Andrea Betancour, soprano chilena, Sergio Járlaz, tenor chileno, Javier Weibel, barítono chileno, y Rodrigo Navarrete, bajo chileno.

Como público muy entusiasta, agradecemos al Teatro Municipal de Las Condes como a Miryam Singer y Eduardo Browne esta iniciativa que redundará sin duda en una provechosa difusión de la ópera.

 

De Sylvia Wilckens, Círculo de Críticos de Arte de Chile

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